• xiniaconcejal

El círculo vicioso de la corrupción en las campañas políticas

Las campañas políticas están en plena ebullición. Este domingo 27 de octubre serán las elecciones locales en Colombia, momento para el cual nuevamente se advierten las malas prácticas en tiempos electorales que de manera desafortunada siguen presentándose en Colombia. Sin embargo, hoy de manera paralela también crece el rechazo a dichas acciones reprochables tal como quedó en evidencia por las más de 11 millones seiscientas mil personas que apoyaron la consulta anticorrupción que tuvo lugar el 26 de agosto de 2018.

Hoy el pueblo expresa su cansancio y hastío por ese flagelo que ha permeado al sector público y privado de la sociedad colombiana. Es una sociedad que además se advierte impotente frente a esas estructuras de poder que parecen inmortales y tal como un monstruo de mil cabezas, atemoriza y algo peor, genera desesperanza en la población que ve imposible acabarla.


Pero esa corrupción, que es la manifestación de lo enferma que está la sociedad contemporánea, no es normal ni lógica. Valga considerarlo que existe una cura para acabarla y es rompiendo ese círculo vicioso que la rodea lo cual sólo puede pasar de una forma: con una decisión ética de la ciudadanía.

El estigma de la politiquería se refleja en la frustración de las personas que por esta época reciben la visita en sus territorios de todos aquellos políticos que en campaña hacen su trabajo. En dichas visitas las frases desobligantes e incluso ofensivas se presentan: ¡Todos los políticos son corruptos! ¡Sólo vienen a buscar votos! ¡Sólo aparecen en época de elecciones! ¡Llegan allá y se olvidan del pueblo! ¡Los políticos son ladrones por eso yo me dedico a la mío, no me meto en política porque eso no me interesa! ¡Qué esos miserables sigan robando, me declaro apolítico! ¡Los políticos no trabajan, se ganan millones y no hace nada!, son algunos de los insultos que se escuchan.


Pero dichas reacciones hasta pueden resultar lógicas en atención al sistema macabro en que vivimos y el cual de por sí quiere generar esta reacción apática y de odio de la comunidad hacia la política para que aquel ciudadano independiente se aleje y no participe en las elecciones y de esta forma se perpetúen en el poder los mismos corruptos y manipuladores que no trabajan para beneficio del pueblo si no de sus propios intereses mientras que aquel político que hace su labor honestamente, recorriendo las calles, escuchando las problemáticas y buscando soluciones, es también señalado dentro de ese paquete de corruptos que solo se hacen visibles en campaña.

En todo caso quiero decirle a usted amigo lector que tuvo a bien leer estas líneas, que la política en su esencia no es mala, por el contrario, es la única forma de buscar cambios. No todos los políticos somos malas personas, ni es cierto que la política no sirve para nada. La política es el arte de bien común como bien lo expresaba Aristóteles.


Las corporaciones públicas de elección popular son un escenario muy importante de la sociedad. Específicamente en el caso del Concejo de Bogotá debemos señalar que esta corporación es “la suprema autoridad de Bogotá”[1], no es el Alcalde Mayor de Bogotá y su gabinete, es el cabildo Distrital, que está integrado por todas las fuerzas políticas, a través de 45 concejales, hombres y mujeres que representan a la sociedad bogotana quienes a su vez tienen grandes responsabilidades porque nada menos que deben efectuar el control político por las ejecutorias que realiza el gobierno.

[1] Decreto ley 1421 de 1993 ARTICULO 8o. FUNCIONES GENERALES. El Concejo, la suprema autoridad del Distrito Capital. En materia administrativa sus atribuciones son de carácter normativo. También le corresponde vigilar y controlar la gestión que cumplan las autoridades distritales. (negrillo por nosotros).

Además, el Concejo tiene la responsabilidad de elegir al Personero y al Contralor Distrital y en suma es tan alta su responsabilidad que no cualquiera debería llegar a ella.


Algunos políticos a diario nos damos la pelea en estos escenarios por tratar de cambiar las cosas, por alzar nuestra voz con contundencia en representación de aquellos que no la tienen y que nos dieron ese mandato. Representamos a quienes no tienen la posibilidad de hacerse escuchar de un secretario de despacho o de un alto directivo del Estado. El trabajo se hace con dedicación y esmero. Otros mientras tanto no lo hacen así. El ausentismo de algunos en las sesiones, la poca participación y argumentación en los debates, los comentarios de la existencia de la llamada “mermelada¨, siempre están presentes.


Entonces ¿el problema es de la política? o ¿el problema es de la corporación pública? No. El problema es de a quien elijo para que me represente en esa corporación. Y más allá, el problema es ¿para qué elijo a ese político? ¿cuál es mi finalidad cuando voto? ¿te has hecho esa pregunta alguna vez?

Existen distintas razones para votar: aquellos que votan por opinión, programas, proyectos, empatía y por disciplina partidaria y aquéllos que esperan dádivas, puestos, que venden los votos, que comercian con las comunidades, que están esperando la comida gratis en la época elecciones, que les encanta las palmaditas en la espalda y les digan: “Estoy trabajando en lo tuyo, déjame tu hoja de vida y miramos en que te podemos ayudar”.


Es el momento de acabar con la tercerización electoral encarnada por aquellos supuesto líderes que en cada campaña electoral ofrecen un determinado número de votos que se venden al mejor postor. Es una práctica que desafortunadamente es recurrente en cada época electoral y que hasta hoy deja lamentables consecuencias como es que a las corporaciones públicas no lleguen los más calificados sino los más adinerados o el respaldo más poderoso en términos económicos.

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